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Diez años después del Acuerdo de París: de la ambición a la responsabilidad

Hace diez años, el mundo se unió en un momento extraordinario de unidad y adoptó el Acuerdo de París. Casi todas las naciones coincidieron en que la crisis climática exigía una acción colectiva y que nuestro futuro compartido dependía de ello. El Acuerdo de París marcó un rumbo basado en la ciencia, la cooperación y la convicción de que la humanidad podía estar a la altura del desafío.


Una década después, hemos logrado avances reales. Según el IPCC, con las políticas actuales el mundo se encamina hacia un calentamiento de aproximadamente 2,7–3,0 °C; la implementación plena de los compromisos del Acuerdo de París reduciría esa cifra a alrededor de 2,4–2,6 °C; y sin el Acuerdo de París, probablemente nos enfrentaríamos a un calentamiento de 3,5–4,5 °C para finales de siglo. Además, algunas empresas, ciudades y comunidades han dado un paso al frente con un nivel de liderazgo que no existía en 2015. Esto demuestra lo que es posible cuando la ambición se encuentra con el compromiso.


Pero también está claro que nuestro trabajo está lejos de haber terminado.


Las emisiones globales siguen siendo demasiado altas. Los fenómenos meteorológicos extremos continúan ocurriendo con mayor frecuencia que nunca, desplazando a poblaciones enteras.


Los últimos diez años nos demostraron que el cambio es posible. Los próximos diez determinarán si cambiamos con la rapidez necesaria.


Ahora enfrentamos un momento que exige más que mejoras incrementales: exige valentía, creatividad y una determinación colectiva. Tenemos las herramientas. Tenemos el conocimiento. Y tenemos la responsabilidad de actuar con la urgencia que este momento demanda.


Al conmemorar una década desde París, honremos este hito con un propósito renovado. El Acuerdo nos dio dirección, impulso y una visión global compartida, pero no estableció consecuencias vinculantes cuando la ambición resulta insuficiente. Y si los últimos diez años nos han enseñado algo, es que la acción climática no puede basarse únicamente en promesas voluntarias.


El próximo capítulo no debería limitarse a reforzar las obligaciones de los Estados; también debería reanclar la acción climática en los derechos humanos.


En todo el mundo, los tribunales y las instituciones reconocen cada vez más que las personas tienen derecho a un clima estable y a un medio ambiente seguro. Este cuerpo de jurisprudencia en evolución, desde la sentencia Klimaseniorinnen del Tribunal Europeo de Derechos Humanos hasta la reciente opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia, deja algo claro: los derechos humanos no están separados de la acción climática, son uno de sus fundamentos.


Cuando observamos las obligaciones climáticas a través del prisma de los derechos humanos, surge una forma más profunda de rendición de cuentas. Los Estados ya no son simplemente alentados a actuar; tienen deberes hacia sus ciudadanos. Y los ciudadanos no son beneficiarios pasivos de la política climática: son sus guardianes. Supervisan, se movilizan y, cuando es necesario, exigen responsabilidades a las instituciones.


Integrar los derechos ambientales en el corazón del marco climático global fortalecería la ambición, clarificaría las obligaciones y empoderaría a las sociedades para garantizar que los compromisos no solo se asuman, sino que se cumplan.

 
 
 

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